Nota de la autora:
Un relato sobre vínculos que desafían ausencias. La historia de una carta lanzada al infinito y más allá.
Tiempo de lectura: 1 min.
Desde que te bajaste definitivamente del mundo y nos dejaste solas ha pasado un mes. Un día, luego otro y así hasta treinta, parece mentira.
En treinta días no ha hecho otra cosa que llover. Llover con rabia. Venga agua y venga agua. Venga goteras y manchas de humedad. Como ves, la vida aquí abajo sigue complicada. Aunque ahora un poquito más gracias a ti, hermana.
Pero mejor cambiamos de tema, que si no terminaremos discutiendo sobre tu montón de decisiones incomprensibles. Y no es plan. A los muertos hay que hablarles con amabilidad, aunque te den ganas de matarlos por la pura rabia de que se hayan ido dejándote así de plantada…
Sí, será mejor que hablemos del tiempo. ¿Sabes que se nos viene encima una masa de aire ártico?
¿Llegan los informes meteorológicos hasta donde tú estás? Tal vez no. O tal vez no te importa mucho si aquí abajo estamos heladas, con subidas o bajadas de presión, ni si los truenos y los rayos se nos echan encima.
Pero te lo pienso ir contando, que lo sepas.. Así que prepárate, porque ya me conoces, soy muy pesada.
¿Sabes qué? Me gustaría muchísimo que nevara. Salir forrada con el abrigo, el gorro, la bufanda, los guantes y las botas burras. ¿Te acuerdas de las botas burras? Pues esas. Bueno exactamente esas ya no, pero otras parecidas.
Los informes meteorologicos dicen que aquí no va a nevar. Qué se le va a hacer, la vida nunca sale como quieres.
Dale un beso fuerte a mamá y a papá. Y vuela, hermana. Vuela libre.
Pero échanos un vistazo de vez en cuando. Y si puedes échanos también un cable, que ya sabes que a este lado del mundo lo raro es pisar tierra firme y casi siempre caemos al agua.
Ojalá hubiéramos logrado sacarte a ti del agua. Qué putada, tía.
Besos.
©Laura Rivas Arranz.
Imagen: Nick Owuo. Unsplash
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